El Gran Torneo (I)

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Pese a que todavía faltaban varias horas para que se abrieran las puertas, en los aledaños del recinto se vivía una mezcla de excitación y calma tensa claramente palpable. En los medios de comunicación hacía semanas que no se hablaba de otra cosa, y la expectación por el evento del año subía como la espuma para alcanzar cotas enfermizas…pero, ¿he dicho evento del año? Perdonadme, ¡más bien debería haber dicho del siglo!

Héroes de todo el mundo habían acudido a la llamada del destino dispuestos a enfrentarse en combates mortales: artistas de la lucha y luchadores callejeros, todos ellos poseídos por una furia fatal para pelear en una edición sólo para campeones que coronaría al verdadero Rey de los Luchadores, al Campeón Eterno.

Algunos participantes del evento

Una atractiva azafata de la organización embutida en un llamativo y ajustadísimo traje de cuero negro repartía sonrisas y folletos informativos, mientras otra bella señorita de generoso escote facilitaba las acreditaciones para la prensa.PIXELACOS – PASE LIBRE y TODO INCLUIDO”.

Con esa maravilla colgada del cuello, uno podía campar relativamente a sus anchas por las entrañas del Estadio, en contraste con los miles de desgraciados que, después de guardar cola a la intemperie durante tres largos días para conseguir alguna de las útimas entradas reservadas para venta en taquilla (en internet simplemente desaparecieron al momento de ponerse a la venta), se encontraron con el cartel de no hay billetes y unos precios totalmente prohibitivos en la reventa.

Un torneo del montón al lado del nuestro…

Ajeno a ello, me encaminé hacia la Sala VIP dispuesto a engullir los picatostes que se servían y comprobar si lo de “todo incluido” también contemplaba alguna bebida espirituosa. Por suerte el barman, un elegante y delicado chico rubio de aspecto algo afeminado, no puso ninguna objeción al ver mi pase y rápidamente me preparó un cóctel espectacular.

Al fondo de la sala, un extravagante monje barbudo estrechaba demasiado efusivamente su mano a varios de los asistentes, entre ellos algunos militares a juzgar por sus uniformes (botas altas y gorras incluidas). Cerca del siniestro grupo y ocupándose de la segunda barra, figuraba un misterioso tipo cubierto de cabeza a los pies por un atuendo negro y azul que únicamente dejaba visibles sus ojos fríos y que, en aquel preciso instante, servía su escalofriante bebida a una damisela asiática de muy buen ver que trataba, inútilemente, de disimular sus encantos tras un abanico y se ruborizaba al sentir la encantadora mirada de un apuesto caballero español.

De todas formas, yo estaba allí para cubrir un gran espectáculo y no simplemente para gozar de los privilegios de la sala VIP, así que me acabé el sabroso canapé de albóndigas y apuré mi copa de un último trago. Además, sospechaba que empezaba a ver doble después de cruzarme 2 veces seguidas a Jean Claude Van Damme (una vez iba con gafas de sol y vestía sólo un pantalón corto negro con una banda atada y al momento iba vestido de soldado americano de la ONU con su boina y traje de camuflaje de colores azul pitufo), así que salí de la sala en dirección al laberinto de túneles de vestuarios, no sin antes estar a punto de tropezar con una caja de cartón abandonada en medio del pasillo (y que juraría que se había movido…definitivamente, había bebido demasiado).

Van Damme y cia en el casting de Los Pitufos 3

Mientras me alejaba del lugar, un folleto compuesto de unas pocas hojas de papel salía volando del bolsillo trasero de mi pantalón sin que me diera cuenta. Al aterrizar en el suelo, aún podían verse las siluetas de un gigante de 2,16 cm, un androide azul e incluso de un tiranosaurio.

Continuará…